24 ago. 2014

Sin título, de Samanta Fruto Fernández

Taller de escritura literaria
Título: Sin título
Escritor: Samanta Fruto Fernández
Instituto: Cristo Rey, Caseros.
            Desde niño ya sabía cuál era mi sueño, mi gran meta por cumplir, mi pasión, lo que me dejaba ser libre y olvidarme de todo lo que me preocupaba, esto era lo que yo quería ser, más allá de lo que pensaba la gente o el futuro que me esperaba, yo estaba completamente convencido de lo que quería ser.
                Mi nombre es James Bordolino, fui un estudiante aunque  nunca me gustó mucho el colegio y lo que era estudiar, jamás se me pasó por la cabeza terminar y tener que ir a una facultad para poder ser alguien, eso a mí nunca me importó, mis amigos ya tenían claro qué querían hacer después de terminar, yo también lo sabía, pero ellos me decían que nunca iba a llegar a cumplirlo, decían que iba a fracasar, pero nunca me rendí, ni me voy a rendir porque sé que lo voy a lograr.
            Cuando tenía cinco años de edad, mi madre, Carolina, para el día del niño me regaló un skate. En ese momento me largué a llorar y le agradecí tanto por el hecho de que era fanático del skate y quería aprender a usarlo.
Al día siguiente fuimos a averiguar por unas clases y desde ahí jamás dejé de usarlo, era una obsesión, iba a todos lados con mi patineta. Me acuerdo que mi madre me pedía por favor que lo dejara a un costado para comer, siempre se enojaba y nos reíamos juntos de esa situación.
A los seis años, después de haberme preparado bien con mi profesor Alejandro, empecé a competir. Recuerdo que estaba muy nervioso y me temblaban las piernas, pero ahí estaba presente mi fuerza interior. Mi padre, Mauro Bordolino, siempre me apoyaba y tengo en mi mente ese momento en el que él me dijo: -hijo, esto no es una competencia, es una pasión, una diversión, algo que vas a hacer toda tu vida para ser feliz. En ese momento sonreí y lo abracé como nunca.
No salió como esperaba, pero sabía que tenía mucho para dar y más para practicar, así que respiré, me tranquilicé y seguí con mis clases para mejorar.
A los dieciocho años ya participaba en ligas mayores, me pagaban y tenía representante. Ya era, por así decirlo, un profesional. Se acercaba la final más importante del mundo. Estaba tan preparado que ya no podía volver a pasar por aquella situación de los seis años, estaba listo para salir a la rampa y demostrar lo que sabía hacer, ese campeonato era mío.
Era mi turno de salir, agarré el skate me paré en lo alto de la rampa, miré hacia el cielo, respiré y salí. Había hecho una primera parte increíble, recuerdo los aplausos de la gente y los gritos, estaba tan emocionado por terminar y agarrar esa copa con orgullo y felicidad.
Pero algo ocurrió en la segunda ronda, se me nublaron los ojos y se me vino una imagen de mis amigos y familia diciéndome que iba a ser un perdedor, eso fue lo último que supe.
Al despertarme estaba en la clínica, en una camilla, con mi madre agarrándome la mano y culpándose de todo. Cuando la pude calmar me contó lo que había sucedido: cuando se me nublaron los ojos caí y  mi skate había salido volando, fue tan fuerte la caída que me desmayé.
Tenía fracturada una pierna y un fuerte dolor en el brazo izquierdo. El médico me dijo que era posible que no pueda andar nunca más en skate, miré a mi padre, me cayó una lágrima y se me vino el mundo abajo, no podía escuchar, ni siquiera pensar en lo que había dicho el doctor, pero así fue, era la pura verdad.
Empecé a vivir una vida normal, todo se me había acabado, ya no tenía sentido lo que hacía. Hasta que un 10 de agosto, exactamente un día del niño, fue como volver a nacer. Mi padre entró a la casa con el regalo más increíble del mundo: un skate.
Hoy tengo treinta y cuatro años y le vuelvo a repetir a la gente que jamás me rendí ni me voy a rendir, hoy se vuelve a repetir esa final de torneo y estoy con mi madre y mi padre, ya por salir a cumplir mi sueño, después les cuento el final. 

Watron vs. Klos, de Marina Kippes




Taller de escritura literaria 
Título: Watron vs. Klos
Escritor: Marina Kippes
Instituto: Cristo Rey, Caseros.

                La familia Watron se encontraba de vacaciones en México. Era una familia de mucho poder pero a la vez con muchos problemas.
                Los integrantes de la familia eran los gemelos Darío y Charo. Su padre Faustino y la madre Mercedes.
                Faustino, un hombre muy adinerado decide ir de vacaciones con la familia ya que necesitaba un poco de descanso y alejarse de la realidad. De la realidad en el sentido de que sus hijos tenían poderes y eso era algo que a su padre le molestaba mucho. Todo esto ocurrió después de que ellos recibieron una carta en la que un grupo de chicos los invitaban a ser parte de lo que hacían llamar como “fame”.
                Charo y Mario empezaron a ir a escondidas de sus padres y al poco tiempo Charo podía volar y Darío volverse invisible.
                Ellos lo disfrutaban mucho hasta que un dia empezaron a ocurrir cosas que no se imaginaban.
                Llegó otro sobre a la casa, que cuando la abrió apareció una luz brillosa con una voz de sus padres que decía “cuidado”.
                Los gemelos con mucho miedo le contaron a sus padres y ellos les confesaron que sus poderes los heredaban de ellos.
                Su madre nació leyendo el pensamiento a las personas y Faustino podía hablar con los muertos.
                Había dos grupos de personas con poderes quienes se llevaban muy mal: los Fame y los Galaxy. Una familia formaba parte de los Galaxy. Ellos decidieron hacerle esto a la familia Watron por envidia.
                Faustino decidió irse de vacaciones para que la familia se tranquilice un poco.
                La familia Watron solo quería que los Klos no los molesten más y para que esto suceda tuvieron que pagarles diez millones de pesos y con la condición de no volver a usar sus poderes.

                Los Klos aceptaron y todo volvió a la normalidad.

Virgil, de Paula Brunstein

Taller de escritura literaria

Título: Virgil
Escritora: Paula Brunstein
Instituto: Cristo Rey, Caseros.

Cansada de tanto caminar por avenida Corrientes, la flaca Virgil decidió pasar por esa librería excepcional en donde siempre consigue volúmenes imposibles de encontrar en Buenos Aires.
Decidió llevarse “The shining” de Sthepen King, a pesar de haberlo leído ya unas siete veces  media, pero ésta era una edición especial, con más capítulos de los que conocía.
Sin dar vueltas se dirigió con el ejemplar hasta el mostrador, y observó que del cuello del empleado colgaba un hermoso cáliz dorado.
“¡Como el de Harry Potter!” pensó. También pensó en preguntarle dónde lo había conseguido tal genialidad pero no lo hizo.
A la madrugada, daba vueltas en su cama, no dejaba de pensar en el cáliz. Quería conseguirlo, robárselo a aquel chico, que fuera suyo.
“Mañana es mío” concluyó y al fin pudo dormirse.
A eso de las diez de la mañana, el empleado, Gus, vio entrar a una chica flaquísima de dos metros de alto a la librería. La recordaba, imposible olvidarla siendo tan particular, y además acudía a menudo al local. Tenía los ojos como desorbitados y se acercaba a paso firme hacia donde él estaba.
Cuando estuvieron frente a frente, la flaca, sin decir una palabra le agarró al joven la cara entre las manos y lo besó.
Gus se dejó llevar y de un momento a oro ella ya no estaba. Confundido, notó que su caliz ya no colgaba de su cuello.
Reliquia familiar, aquel cáliz, había pasado de generación en generación y ahora la flaca se lo robaba. Inmediatamente decidió encontrarla, cueste lo que cueste.
Durante meses y meses Gus la buscó en cada esquina, calle o bar, pero misteriosamente la flaca había desaparecido.





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