22 oct. 2007

Nostalgia de amor

Solo, completamente solo
Llueve torrencialmente
Se fue y no se por qué...
Sigue lloviendo
y una gaviota blanca me avisa
que hay alguien en el jardín
se abren las puertas
sus ojos, sus manos temblando y mis manos
y un beso de amor...
se fue y volvió...
¡viva el amor!
¡viva el amor !


Eduardo Perralta


Nota: agradezco al Sr. periodista Eduardo Perralta por los minutos que me brindó en una agradable entrevista.
¡Largaron!

El hipódromo de San Isidro desde adentro.

Un reconocimiento de pista previo a la carrera.

Un día en el hipódromo de San Isidro puede convertirse en una jornada cálida y sorprendente. La entrada es solitaria, sólo se encuentra un vendedor de revistas hípicas desde el mediodía hasta las 18 horas.
Para llegar a la zona de pistas, los visitantes deben recorrer varios kilómetros de bosque desde la entrada en transporte propio o tomar un micro gratuito hasta llegar al puesto de venta de entradas a tres diferentes gradas: la general que sale sólo un peso, a la intermedia que cuesta dos pesos o a la oficial de cinco pesos.
Quien quiere apostar, se ubica en las gradas generales, plagada en su mayoría de hombres mayores; para las familias que pasan los días de sol al aire libre prefieren las gradas intermedias y por último las tribunas oficiales ofrecen una vista clara del punto de llegada, donde se puede ver con la lucha de los mejores caballos en cada carrera.
El ambiente es tranquilo y silencioso, en el paisaje predomina el verde del césped y la calidez de la amabilidad entre los apostadores y visitantes.
A la espera de la séptima carrera, Pedro nos contó algunos detalles de las apuestas: “gané mi primera carrera en el año `50... en esto se gana una vez, se pierde otra... pero uno siempre sale hecho ”. Por otro lado, Agustín, de siete años, relató sus visitas al hipódromo: “yo vengo con mi papá hace dos años. El me contó que viene hace 25 años acá”. Otro apostador se acercó a contarnos cómo fue que conoció el mundo de las apuestas en el hipódromo, minutos antes de ver a 11 caballos al galope la pista de césped: “en el año 1992 estaba muy jodido del corazón, y después de que me hicieron cuatro bypass empecé a venir todos los sábados religiosamente, y no me pongo nervioso porque esto es como la clarín grilla del diario. Cuando veo el programa estudio los caballos y a todos les veo alguna actitud por la que pueden ganar, aunque muchas veces le erro, pero a cualquiera le puede pasar”.
Además del panorama que dan los apostadores, existe otra cara del hipódromo: el backstage las carreras hípicas. Sobre esto, Antonio Líbero, uno de los jockeys que participó en la octava carrera de la jornada, nos comentó: “Un jockey es un deportista como cualquier otro. Yo tengo que cuidarme con los alimentos, y debo pesar de 53 a 54 kilos, es lo que peso. He ganado muchas carreras, me va muy bien”. También contó cómo es tu vida fuera de las carreras: “trato de comer bien, estar tranquilo y acostarme temprano porque así todos los días hay carreras”. En ese salón, donde Antonio nos detallaba parte de su vida, desfilaban jockeys que debían cumplir su rutina de pesarse y buscar los elementos como monturas y jackets para trabajar.
Entre el nerviosismo y la ansiedad, Eduardo Perrota, un periodista hípico, nos contó su visión del hipódromo: “Tengo 86 años, y a los 11 años, haciendo de `mandadero´ en Constitución un apostador me dice `-pibe: ¿quién gana en esta carrera?´ y yo miro el programa y le digo `-Leguizamo´ y me respondió: `tomá, jugame tres y dos ´ dándome dinero. Fui a la esquina, le jugué y gané $19 pesos con Leguizamo. Cobré la plata, se la llevé y me dijo: `-tomá $10 para vos´ y ¡era una fortuna! Se lo llevé a mi mamá que me preguntó preocupada de donde había sacado diez pesos. Le dije que la diosa fortuna me había hecho un guiño.
Nunca abandoné las carreras. Al principio yo jugaba, porque era otra época, otra honradez y añadió: “En este hipódromo hubo 100.000 personas, y hoy falta el muerto y las velas... el hipódromo no llega a cubrir los costos... este es un dato preciso...”
Mientras se descubren los momentos de una carrera –la preparación y el desarrollo, donde pueden oírse fervorosos gritos de aliento a los jockeys y sus caballos- surgen varios interrogantes sobre qué pasa al final de una de ellas.
Las respuestas son varias: las personas que se encuentran frente a las vallas que separan la pista de las gradas, retroceden unos metros cabizbajos –ellos son los que perdieron su apuesta-. Otros festejan la puntería de haber ganado, algunos se acercan a las ventanillas para volver a apostar, felicitan a los jockeys y vuelven su mirada atenta a los programas del día, para otra vez, estudiar las aptitudes de los caballos y así, volver a apostar.

Sofía Prediger